Micorrizas y Trichoderma en agricultura moderna: ciencia del suelo al servicio del rendimiento

La micorriza y Trichoderma son dos de los grandes “aliados invisibles” del suelo. Aunque no se vean a simple vista, estos hongos forman redes y asociaciones que pueden transformar por completo la nutrición, la sanidad y la resiliencia de los cultivos. En las últimas décadas han pasado de ser una curiosidad académica, a convertirse en herramientas clave en la agricultura sostenible y en muchos programas de biofertilización y biocontrol.

En este artículo vamos a profundizar en qué son las micorrizas, qué es Trichoderma, cómo funcionan, qué beneficios aportan al cultivo y al suelo, y qué aspectos hay que tener en cuenta para manejarlos bien en campo.

¿Qué es una micorriza?

El término micorriza procede de “mycos” (hongo) y “rhiza” (raíz). Es decir, se refiere a una asociación simbiótica entre las raíces de una planta y ciertos hongos del suelo. No se trata simplemente de un hongo creciendo cerca de la raíz, sino de una relación íntima y muy específica en la que ambas partes obtienen beneficios.

En la mayoría de cultivos agrícolas nos interesan sobre todo las micorrizas arbusculares (antes llamadas vesículo-arbusculares), producidas por hongos del filo Glomeromycota. Estos hongos penetran en las células de la raíz formando estructuras muy características:

  • Arbúsculos: como pequeños “árboles” microscópicos dentro de las células corticales de la raíz, que funcionan como zonas de intercambio de nutrientes entre hongo y planta.
  • Vesículas: estructuras de reserva del hongo, donde acumula lípidos y otros compuestos.

La planta aporta al hongo carbohidratos y otros compuestos orgánicos producto de la fotosíntesis. A cambio, el hongo extiende una red de hifas finísimas fuera del volumen de suelo explorado por la raíz, aumentando enormemente la zona efectiva de absorción.

Tipos de micorrizas

Aunque en agricultura se hable casi siempre de micorrizas arbusculares, existen otros tipos:

  • Ectomicorrizas: típicas de muchos árboles forestales (pinos, encinas, eucaliptos…). El hongo envuelve la raíz pero penetra muy poco en el interior de las células.
  • Ericoides y otras micorrizas especializadas: presentes en plantas de suelos muy ácidos o pobres, como los brezos.

En cultivos hortícolas, frutales, cereales y leguminosas, el rol protagonista lo tienen las micorrizas arbusculares, por su enorme versatilidad y presencia en la mayoría de especies de interés agronómico.

¿Cómo benefician las micorrizas a los cultivos?

La micorrización no es un “lujo”, sino casi la situación normal en un suelo sano. Una planta bien micorrizada puede mostrar ventajas significativas frente a una planta no micorrizada, incluso aunque no se aprecie a simple vista.

Entre los beneficios más importantes destacan:

  1. Mejora de la absorción de nutrientes

Las hifas micorrícicas son muchísimo más finas que los pelos radicales y pueden explorar poros del suelo a los que la raíz nunca llegaría. Esto se traduce en:

  • Mayor absorción de fósforo (P), uno de los nutrientes más limitantes, ya que suele estar poco disponible en el suelo.
  • Mejor captación de micronutrientes como zinc, cobre o manganeso.
  • Aprovechamiento más eficiente del fertilizante aplicado, al reducir pérdidas por fijación o lixiviación.

En situaciones de baja fertilidad, o cuando se busca reducir dosis de fertilización fosfatada, la presencia de micorrizas puede marcar una diferencia notable en el crecimiento y rendimiento.

  1. Aumento de la tolerancia al estrés hídrico y salino

Al ampliar el volumen de suelo explorado, la micorriza permite acceder a agua que de otro modo la planta no podría captar. Además, se ha observado que las plantas micorrizadas:

  • Mantienen mejor el estado hídrico en periodos de sequía moderada.
  • Regulan mejor el balance iónico en condiciones de salinidad, mitigando el impacto de sales como NaCl.

Esto no significa que las micorrizas “hagan milagros”, pero sí que pueden desplazar ligeramente los umbrales de estrés, lo que en campo muchas veces basta para salvar un periodo crítico.

  1. Protección frente a patógenos radiculares

Las plantas micorrizadas suelen presentar menor incidencia de enfermedades de raíz provocadas por hongos patógenos o nematodos. Las causas son múltiples:

  • Competencia por espacio y recursos en la rizosfera.
  • Cambios en la fisiología de la planta, que refuerza mecanismos de defensa.
  • Modificación de la microbiota del suelo en torno a la raíz, con mayor presencia de microorganismos beneficiosos.

La micorrización no sustituye a un fungicida cuando hay una alta presión de patógeno, pero sí contribuye a un sistema radicular más robusto y menos susceptible.

  1. Estructura del suelo y secuestro de carbono

Algunas micorrizas producen sustancias como la glomalina, una glicoproteína asociada a la estabilidad de los agregados del suelo. Un suelo con buena actividad micorrícica tiende a:

  • Presentar mejor estructura, mayor porosidad y aireación.
  • Mejorar la infiltración y retención de agua.
  • Aumentar su contenido de carbono orgánico a medio-largo plazo.

Esto tiene implicaciones directas en la sostenibilidad del sistema productivo, al hacer el suelo más resistente a la erosión y al degradamiento físico.

¿Qué es Trichoderma?

Trichoderma es un género de hongos filamentosos muy comunes en suelos y materiales orgánicos en descomposición. Varias especies, como Trichoderma harzianum, T. atroviride o T. virens, se han convertido en auténticos “clásicos” del biocontrol y la bioestimulación en agricultura.

A diferencia de las micorrizas, Trichoderma no es un simbionte obligado de las raíces: puede vivir libre en el suelo, en la rizosfera o sobre restos vegetales. Sin embargo, muchas cepas muestran una marcada capacidad de colonizar la superficie de la raíz y establecer una relación cercana con la planta.

Mecanismos de acción de Trichoderma

Trichoderma ejerce su efecto beneficioso a través de varios mecanismos, que pueden actuar de manera simultánea:

  1. Antagonismo directo frente a patógenos

Es quizás el aspecto más conocido. Trichoderma es un hongo muy agresivo contra otros hongos del suelo, y los combate de diversas formas:

  • Micoparasitismo: las hifas de Trichoderma se enrollan alrededor de las hifas del patógeno, las perforan y las degradan mediante enzimas (quitinasas, glucanasas, proteasas…).
  • Competencia: coloniza rápidamente la rizosfera y consume nutrientes y espacio, desplazando a hongos patógenos menos competitivos.
  • Antibiosis: produce metabolitos secundarios (antibióticos naturales, VOCs, etc.) que inhiben el crecimiento o la esporulación de patógenos.

Por ello, se utiliza de forma preventiva para reducir la incidencia de enfermedades como damping-off, fusariosis, pythium, etc., especialmente en semilleros, viveros y suelos con historial de problemas.

  1. Estimulación del crecimiento y de las defensas de la planta

Además de su acción directa sobre patógenos, muchas cepas de Trichoderma actúan como bioestimulantes:

  • Favorecen la emisión de raíces laterales y pelos radicales.
  • Pueden producir sustancias similares a hormonas vegetales (auxinas, citoquininas, etc.) o modular su equilibrio.
  • Activan mecanismos de defensa sistémica en la planta, una especie de “vacunación” que permite responder más rápido y con mayor intensidad ante un ataque posterior.

Esto se traduce en plantas con un sistema radicular más potente, mayor vigor y, en muchos casos, una mejor respuesta productiva.

  1. Interacción con la microbiota del suelo

La introducción de Trichoderma en un suelo o sustrato no se da en el vacío: interactúa con bacterias, otros hongos y organismos de la rizosfera. En general:

  • Tiende a desplazar microorganismos oportunistas o patógenos.
  • Puede favorecer la presencia de otros grupos beneficiosos, creando un “microbioma” más equilibrado.

Esta visión de Trichoderma como modulador del ecosistema microbiano es cada vez más relevante en la agricultura moderna, que busca pasar de productos “curativos” a estrategias de manejo integral de la salud del suelo.

Micorrizas y Trichoderma: ¿complementarios o competidores?

Una pregunta que surge a menudo es si tiene sentido usar micorrizas y Trichoderma a la vez, o si uno puede interferir con el otro. La respuesta, en la mayoría de casos, es que son altamente complementarios, siempre que se respeten ciertas pautas de manejo.

  • Las micorrizas establecen una relación íntima en el interior de la raíz y se especializan en mejorar la nutrición y la tolerancia al estrés.
  • Trichoderma vive mayoritariamente en la superficie de la raíz y en el entorno inmediato (rizoplano y rizosfera), centrándose en el biocontrol, la bioestimulación y la modulación microbiana.

Numerosos ensayos han mostrado que, cuando se aplican conjuntamente, pueden obtenerse efectos sinérgicos: mejor nutrición, menor incidencia de enfermedades radiculares y mayor vigor general. No obstante, hay algunos puntos clave:

  • Momento de aplicación: es importante que las micorrizas tengan la oportunidad de colonizar la raíz en fases tempranas del cultivo (siembra, trasplante) y que las condiciones no sean demasiado agresivas (exceso de fertilizante fosfatado, fungicidas no selectivos, etc.).
  • Compatibilidad de cepas y formulaciones: no todas las combinaciones comerciales están probadas. Lo ideal es usar productos en los que se haya verificado la compatibilidad entre los hongos presentes o, en su defecto, aplicar cada uno en momentos separados.
  • Manejo del suelo: prácticas como el laboreo intensivo, la desinfección química o el abuso de fungicidas de amplio espectro pueden afectar negativamente tanto a micorrizas como a Trichoderma.

En sistemas bien manejados, micorrizas y Trichoderma no son rivales, sino piezas complementarias de una misma estrategia de agricultura biológica avanzada.

Factores que condicionan su eficacia en campo

Ni las micorrizas ni Trichoderma son “productos mágicos”. Su éxito depende de varios factores agronómicos:

  1. Tipo de suelo y materia orgánica
    • Suelos muy degradados, compactados o con muy poca materia orgánica dificultan el establecimiento de las redes fúngicas.
    • Una buena estructura, contenido razonable de carbono y manejo respetuoso favorecen la actividad microbiana beneficiosa.
  2. Cultivo y variedad
    • No todas las especies vegetales micorrizan igual. Algunas familias (por ejemplo, las Brassicaceae como el brócoli o la colza) prácticamente no forman micorrizas.
    • La propia genética de la variedad puede influir en su grado de afinidad con determinados hongos y en la respuesta a la bioestimulación.
  3. Nivel de fertilización
    • Excesos de fósforo soluble pueden reducir la colonización micorrícica: si la planta “siente” que ya tiene P de sobra, invierte menos en la simbiosis.
    • Un manejo más ajustado de la fertilización suele resultar más compatible con el uso de bioinsumos.
  4. Uso de fitosanitarios
    • Algunos fungicidas de amplio espectro pueden afectar negativamente a las micorrizas y a Trichoderma, sobre todo si se aplican cerca del momento de inoculación.
    • El uso de moléculas selectivas, el respeto a plazos y la alternancia con estrategias biológicas ayudan a minimizar estos impactos.
  5. Dosis y modo de aplicación
    • La forma en que se introduce el inoculante (tratamiento de semilla, en el hoyo de plantación, fertirrigación, mezcla con sustrato, etc.) influye mucho en el éxito de colonización.
    • Es crucial asegurar un contacto efectivo con la raíz y unas condiciones mínimas de humedad y temperatura que permitan la germinación de esporas y el desarrollo de hifas.

Hacia una visión integradora de la biología del suelo

Hablar de micorrizas y Trichoderma es, en realidad, hablar de un cambio de paradigma en la agricultura. En lugar de ver el suelo como un simple soporte físico donde añadir nutrientes, se le empieza a considerar un ecosistema vivo en el que las interacciones biológicas son tan importantes como la química o la física.

En este contexto:

  • Las micorrizas representan la alianza estratégica entre raíz y hongo para optimizar el uso de recursos.
  • Trichoderma actúa como un “guardaespaldas” y modulador, manteniendo a raya a los patógenos y estimulando el potencial de la planta.

El reto para el técnico y el agricultor no es solo elegir un producto u otro, sino integrarlos en un manejo global: rotaciones adecuadas, aporte de materia orgánica de calidad, reducción de prácticas agresivas para la biota del suelo, y uso racional de fertilizantes y fitosanitarios.

Micorriza y Trichoderma son dos pilares de la agricultura biológica moderna. La primera, como simbiosis profunda que amplía la capacidad de las raíces para explorar el suelo y gestionar mejor agua y nutrientes. El segundo, como hongo versátil capaz de proteger frente a patógenos, estimular el crecimiento y reequilibrar la microbiota del suelo.

Comprender su funcionamiento no es solo un ejercicio académico: tiene consecuencias prácticas directas en la forma en que diseñamos estrategias de fertilización, protección de cultivos y manejo del suelo. A medida que se avanza hacia sistemas más sostenibles y eficientes, es previsible que el papel de las micorrizas y de Trichoderma siga creciendo, no como sustitutos únicos de todo lo demás, sino como piezas fundamentales en un enfoque integrado de la salud del suelo y de la planta.

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